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CARTA ABIERTA DE LAS PRISIONERAS POLÍTICAS DE GUERRA: A PROPÓSITO DEL "ENFERMERO" Y LOS ABORTOS

Carta abierta de las prisioneras políticas de guerra
A propósito del “enfermero” y los abortos

El año arrancó con la noticia del pedido de repatriación de un supuesto enfermero de las Farc acusado por unas desmovilizadas de haber practicado más de 500 abortos. Desde La Habana negaron tenerlo en su censo. Entonces por los medios reacomodaron la noticia: está bien, no es un guerrillero pero varias organizaciones insurgentes lo han contratado para estos fines. En la penitenciaria de Jamundí comentamos este enredo, con una mezcla de desdén e indignación.

La propaganda negra es una conocida táctica de guerra que busca desprestigiar al adversario a punta de infundios, aprovechando el poder y el cuasi-monopolio de los medios de comunicación, que se concentran en un pequeño sector privilegiado, en que una mentira mil veces repetida puede convertirse en verdad. En estos 50 años de lucha revolucionaria, contra las Farc se han hecho cientos de montajes y se han inventado las más absurdas acusaciones. Es particularmente llamativo que esta nueva difamación se realice en una etapa tan avanzada del proceso de paz. Lo interpretamos como un rastrero intento de imputarle cargos a las Farc de delitos contra el DIH y frenar los acuerdos. Ya quisiéramos que los guerreristas mostraran el mismo celo y preocupación por los niños que mueren diariamente por desnutrición, abandonados en las calles o por falta oportuna de atención médica ¡Pero eso sería pedirles demasiado!

No deseamos ser contestatarias, sin embargo, ante este hecho particular como mujeres y como combatientes farianas, queremos hacer algunas precisiones desde nuestra experiencia. En primer lugar, consideramos que los hechos deben contextualizarse. Una mujer no emplea el aborto como método de planificación. ¡Eso no sucede! Es su última alternativa. Una decisión personal a la que en ocasiones recurre cuando los métodos anticonceptivos fallan o por razones de fuerza mayor. Una opción difícil y no exenta de contradicciones.

Millares de mujeres en el mundo se ven obligadas a practicarlo. Muchas han muerto porque tienen que acudir a lugares clandestinos que no siempre cuentan con las condiciones de asepsia requeridas. Aunque en nuestro país recientemente se legalizó la interrupción del embarazo en tres casos específicos, no resulta fácil acceder a este servicio. El derecho de las mujeres a decidir sobre su cuerpo es una decisión que aún no ha terminado.

En segundo lugar, la lucha armada revolucionaria es una vida de muchas privaciones, de zozobra constante ante la inminencia del combate, de largas jornadas de marcha en terreros difíciles en las que, como el caracol, hay que llevar la casa a cuestas. Por lo tanto, por elemental sentido común, es fácil comprender que en estas condiciones, la decisión más sensata es la de evitar el embarazo. No obstante, el instinto de reproducción –como cualquier otro instinto regulado por la cultura– en ocasiones transgrede las normas y termina imponiéndose.

A todo combatiente fariano se le dan a conocer sus derechos y deberes consagrados en los estatutos de la organización. Uno de ellos es la obligación de planificar cuando se decida asociarse o tener pareja afectiva. En todos los frentes, la enfermería lleva un control riguroso y la mayoría de la militancia es muy disciplinada. Sin embargo, ningún método es cien por ciento seguro y también, por qué negarlo, hay guerrilleras que junto a su pareja deciden tener hijos y asumir las sanciones establecidas: realizar trabajo físico e intelectual y dejar al bebé al cuidado de sus parientes más cercanos. Aunque, la verdad, unas cuantas deciden quedarse con su hijo y abandonan la lucha armada.

En tercer lugar, es preciso señalar que no es fácil para algunas mujeres renunciar a tener hijos o a vivir alejadas de ellos, viéndolos solo de vez en cuando. Tener hijos es una forma simbólica de no morir creyendo perpetuarse en ellos. Quizá las personas de escasos recursos económicos son más proclives a tener familiar numerosas porque excluidos de todo, los hijos son lo único que tienen realmente suyo.

La conclusión es clara. El deber de planificar establecido en las Farc no es más que un ejercicio consecuente de una “ma-paternidad” responsable y no por una política de violencia de género, como de manera malintencionada pretende mostrarse. En las Farc el aborto es la excepción y no la regla.
Confiamos en que pronto la historia, no la oficial sino la que reconstruiremos todos los actores sociales, develará esta y otras realidades que se presentan en el contexto de la guerra. Quizás también podrán oírse los testimonios de los hijos de las farianas que se convirtieron en un incentivo más para sus padres para continuar luchando por un país justo e incluyente. Por ahora no es posible.

Prisioneras políticas de Guerra FARC-EP
Jamundí, Valle del Cauca. Colombia
Marzo de 2016

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